Final de etapa

Había llegado a la meta volante en las mejores condiciones y la disputé al esprint. Saqué un seis con el dado y Bernard Hinault, líder de mi equipo y también primero en la montaña aquella mañana de sábado, ganó la meta volante y se colocó a más de diez casillas de La Guía y Vicente Velda; dos corredores de mi hermano, que empezaba a mostrar cierta hostilidad deportiva. El circuito estaba trazado con tiza sobre el pavimento de cemento agrietado del patio trasero de nuestra casa. No se podía pedir más: curvas imposibles, repechos fingidos y una pendiente final que subía hacia el viejo pozo (mi padre lo había tapado con una plancha metálica para que no nos cayéramos dentro). Hinault avanzaba con autoridad, sumando cincuenta puntos a la general y doce a la montaña. A falta de una sola etapa, la carrera era suya.

Y entonces, como todos los años, llegó septiembre. Así llamábamos mi hermano y yo a Maximino —Maxi para la pandilla—, “septiembre” para nosotros, porque volvía al barrio justo un par de días antes de que empezaran las clases, después de pasar el verano recorriendo los campings de España y de hacerse miles de castillos con la arena de todas las playas del país. Su llegada era tan inevitable como los días cada vez más cortos o el olor a libros nuevos. Mi madre, que era muy de adoptar niños ajenos, lo dejaba entrar al patio sin preguntarnos; le preparaba un bocadillo de Tulipán con chorizo y lo trataba como si fuera uno más de la familia. A veces mejor.

Septiembre llegó sonriente, moreno, con alguna anécdota de chicas con la que no logró que le dedicáramos la suficiente atención. Pisó entonces a Hinault y a sus perseguidores: un accidente, claro. Y antes de que pudiésemos mandarlo a la PM señaló su estómago. Algo abultaba bajo su camisa blanca y nos hizo un gesto seco, solemne, pidiéndonos silencio absoluto, antes de mirar en derredor como lo haría el superagente Maxwell Smart. Quería asegurarse de que no hubiera vecinos cotillas en las ventanas. Después se fue desabotonando la camisa con todo el suspense del mundo y marcando bien la tela blanca con los dedos tintados de chorizo. Finalmente extrajo un pequeño tarro de cristal, como si lo arrancara de su propio vientre, y lo colocó ante nuestras narices haciéndonos retroceder de asco. Mi hermano y yo tardamos un rato en dar sentido a aquella escena repugnante. Una salamandra que parecía estar abierta en canal se retorcía con decenas de larvas a su alrededor. Bichos diminutos y viscosos que no parecían de este mundo, como los de la la serie de lagartos alienígenas que echaban por la tele. Ni por asomo pensaba que la reproducción de las salamandras fuese tan prolífica, aunque en realidad sabía muy poco de cualquier tipo de reproducción. Hasta un par de años más tarde —cuando presencié en directo como paría una vaca— cualquier tipo de parto de los que hablaban los libros de texto me parecían una aberración y me recordaba de nuevo la serie de los lagartos. En la enciclopedia de la naturaleza que había en el salón leí que algunas salamandras son ovovivíparas, y que pueden llegar a contener decenas de huevos que eclosionan en su interior.

Tampoco creo que sirva de mucho la verdad frente al asco, frente a la visión directa de aquella abominable mezcla orgánica que se desmembraba al unísono, como si la vida, en lugar de nacer, se estuviera retorciendo hacia la nada. En aquel momento supongo que llegué a ponerme verde con riesgo de vomitar la merienda y creo que para sacarme del apurón, mi hermano gritó que había que soltarlas ya, allí mismo, en el patio, en la maleza húmeda que rodeaba el viejo pozo. Septiembre no pudo o supo negarse y procedió a la suelta de alevines con una acto protocolario: “polvo sois y en polvo os convertiréis, malditas”, dijo.

…………

Transcurrió el tiempo, y de la escuela pasamos al instituto inevitablemente, como un ciclo de naturaleza que debiéramos cumplir para salir de los patios al mundo. Durante un tiempo, cuando anochecía, levantábamos la plancha de metal del pozo para que quedase al descubierto toda la noche. Por la mañana temprano lo volvíamos a cubrir antes de ir a clase. Teníamos la esperanza de que durante la noche los bichos se colaran dentro. No sé si funcionó, porque no volvimos a verlas, pero el patio quedó profundamente contaminado desde entonces, y nuestro afecto infantil hacia él se tornó inseguro y turbio como las aguas hondas del pozo. También recuerdo que tirábamos piedras para comprobar su profundidad y que sonaba un chapoteo minúsculo al contar cinco. No veíamos nada, solo un hueco negro y vertical que parecía no tener fin. Un abismo que hoy en día sigue inútilmente cubierto con la misma chapa de entonces, ahora oxidada y cubierta de malas hierbas.

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