El crucero de lujo —bautizado con el nombre de un célebre cartógrafo holandés— zarpó hacia el sur polar. Entre sus pasajeros, ornitólogos y fotógrafos de fauna exótica; jubilados muy cultos en su mayoría; una señora alemana que coleccionaba líquenes patagónicos o un caballero inglés que viajaba para hacerse “selfies botánicos” en lugares cuya puntuación superase el 7,9 en el índice de “territorios inexplorados”. Algunos de estos pasajeros llevaban binoculares suizos o cámaras Hasselblad cuyo precio equivalía al presupuesto sanitario de muchos “paisecillos”.
En una de sus escalas se acercaron a un vertedero próximo a Ushuaia, donde podía avistarse el matamico blanco, ave rarísima que había aprendido a sobrevivir gracias a la basura humana —como tantas criaturas del señor—. A pesar de tratarse de un vertedero, este lugar figura en el ranking de las zonas menos conocidas del planeta Tierra —háganse una idea, por tanto, de cuán afortunados eran los operarios que a diario descargaban sus camiones contenedores en aquel hábitat ignoto.
Los viajeros de inclinación ornitológica permanecieron de pie durante horas, contemplando con las varices hinchadas al ave en cuestión. Descendía majestuosamente sobre montañas de desperdicios, atrapando restos de pollo industrial y otras sustancias orgánicas descompuestas en millones de microscópicas mierdas. Mientras tanto, los turistas de vocación “landscapista” tomaban fotografías del horizonte austral. Empleaban lentas velocidades de obturación para conseguir el “Efecto Seda” en aguas y nubes, creando así una atmósfera onírica que les supondría miles de likes.
De repente se levantó el viento. No fue un aire particularmente fuerte ni apocalíptico, pero removió latas vacías y bolsas de supermercado, provocando que las aves carroñeras ascendieran lentamente en círculos. Los turistas se ajustaron las parkas, levantaron sus cámaras y, absortos como estaban en las alturas, no vieron como el viento mezclaba polvo con plumas, heces con sal marina, papeles grasientos con secreciones de ratón, y luego distribuía todo aquello con imparcialidad democrática sobre lentes millonarias, bufandas de alpaca, barbas científicas y fosas nasales internacionales.
Uno de los viajeros comentó —quizás sin venir a cuento— que la naturaleza estaba muy viva en Tierra de Fuego (un poco más viva, seguro, y un poco menos fría también que en la Península Antártica que el crucero había abandonado días atrás).
A media semana, de nuevo en alta mar, comenzaron las primeras fiebres. Como el crucero era de lujo, los enfermos recibieron mantas térmicas y vino blanco del mejor. Pero los pasajeros más en forma se conjuraron para continuar con las excursiones en las sucesivas escalas. Entendían que el “conocimiento superior” nunca debe detenerse ante pequeñeces víricas. Así que mientras algunos tosían sangre discretamente en los camarotes, otros desembarcaban en islotes volcánicos para fotografiar aves y jabatos endémicos. También mariposas y polillas.
El problema comenzó cuando el barco con nombre de cartógrafo se convirtió cementerio provisiona e intentó regresar al mundo moderno. Las naciones civilizadas, como suele ocurrir, reaccionaron civilizadamente. Un ministro occidental declaró en televisión que, ante todo, había que proteger a Occidente de cualquier amenaza. Un país poderoso —que por discreción no nombraremos, aunque sus portaviones se distinguen desde el espacio— anunció que no permitiría el desembarco de semejante “pocilga flotante”. Otro país, más comedido, habló de “decisiones difíciles”. Un tercero, más práctico, sugirió resolver el asunto mediante un misil de crucero; expresión que produjo un entusiasmo extra entre los periodistas, dada la elegancia conceptual que suponía destruir un crucero mediante otro crucero.
Los pasajeros que aún estaban vivos, permanecían ajenos a todo esto. Continuaban con sus actividades científicas, como martillear minerales o clasificar fotografías de petreles. Una señora danesa alcanzó a subir a internet un álbum titulado “Mi última cumbre”, antes de desplomarse sobre el teclado.
El capitán pidió fondeo y auxilio a los países que se fue topando en su travesía, y estos respondían con profunda espiritualidad. Se rezó por los enfermos, les enviaron a sus emails biblias digitales, iluminaron de azul las fachadas de sus ministerios cuando el barco pasaba frente a sus costas. Aspirantes a clérigos declaraban que toda vida humana era sagrada, pero que esta santidad es aún mayor cuando se vive mar adentro, y que se debe amar al prójimo aunque el prójimo permanezca para siempre en otro continente, en otro país, en otro barco…. Algunos enfermos llegaron a fallecer con alborozo, pues en tierra firme muchas personas piadosas los amaban intensamente a una prudentísima distancia.
En el horizonte apareció una pequeña isla volcánica que no figuraba ya en la mayoría de los mapas por no ser enemigo estratégico de nadie. Y allí alguien autorizó el desembarco, no se sabe muy bien con qué oscuras intenciones. Los isleños no consintieron el desembarco sólo por bondad, humanidad… o dígase como se dijese esto en la antigüedad, sino porque después de siglos de erupciones, invasiones, misioneros, piratas y turistas, habían desarrollado una vaga indiferencia hacia el fin de los tiempos.
En este caso, el fin fue más modesto: las diatribas de algún chamán con aspecto de político venido a menos, las visiones de miles de roedores nadando hacia la costa, las supersticiones de rigor, tanto más sospechosas cuanto menos podían traducirse al inglés técnico. Hubo insultos, agravios, voces roncas de tanto defender hipótesis ridículas. El propio virus se murió de aburrimiento fondeado en aquellas costas. Y cuando al fin llegó el inevitable silencio, unos y otros se entregaron a la única cuestión verdaderamente grave: qué efecto tendría aquello en la próxima temporada de cruceros.