Imparable

Decir que un gol es imparable es redundante. Si es gol, es porque nadie pudo pararlo. Punto. Pero en el caso que nos ocupa esto no es del todo cierto, pues hablamos de un balón condenado a entrar sin que aún lo haya hecho. ¿O sí? Para entenderlo mejor vayamos con la crónica del último minuto del encuentro:

Final del Mundial. El delantero suplente se muerde las uñas (ha entrado en la convocatoria mundialista tras la lesión de otro jugador de más caché y aún no ha disputado ni un segundo de la competición). Falta un minuto exacto para que termine la prórroga. El banquillo está muy menguado por la acumulación de tarjetas, los esguinces y otras desgracias providenciales que se han ido sucediendo en la fase de grupos y en las posteriores eliminatorias.

Último minuto de juego, decimos. Empate sin goles debido al planteamiento de riesgo cero por parte de ambos equipos. La idea es perder más tiempo aún y alcanzar los penaltis. Por eso el entrenador llama al delantero suplente. “Vas a salir, pero no te des prisa”. Una vez en el campo tarda unos cincuenta segundos en tocar balón y no es por su culpa. El mediocentro lo ve desmarcado. Lo ve digno de confianza, cosa aún más rara. Le mete entonces un pase tan perfecto que le rompe los esquemas, quedándose petrificado con el balón entre las botas. El último defensor se pasa de frenada y despeja el cuero, pero hacia su portería. Nuestro hombre se pone a correr tras el esférico con un cuerpo descabalado que amenaza con romperse. El portero sale a pararle, pero calcula mal y se cae de bruces, deslizándose como un mueble empujado en una mudanza. Lo hace en sentido contrario al del balón, que termina por pararse a un centímetro de la línea de gol. El delantero llega desahogado a esa misma línea. No hay nadie que pueda frenarle. Estamos en el último segundo del partido y sólo tiene que empujarla. Punto final a una larga cadena de malentendidos sobre su persona; algunos de ellos sostenidos con admirable constancia por su entrenador, la prensa deportiva y también por varios miembros de su familia.

Levanta su delgadísima pierna izquierda, la echa hacia atrás y justo cuando su mente ya ha ordenado que la rodilla flexionada se ocupe de dirigir el golpe, en ese preciso instante, el césped se hunde bajo sus botas.

Aquí termina la crónica deportiva.

Un abrumador silencio se apodera de las cien mil almas del estadio. Todo parece obedecer a algún tipo de venganza cósmica hacia nuestro astro, que cae sin remedio en el agujero negro. El balón se precipita tras él. Podría decirse que, no siendo exactamente un gol, la pelota ha “entrado” en alguna parte.

El árbitro consulta el VAR. Desde los monitores del VAR analizan el misterioso hoyo y el tipo cayendo dentro una y otra vez, como si se tratase de la subrutina de un videojuego. Sus compañeros de equipo se asoman al “vacío”. También los rivales, los jueces de línea, varios fotógrafos y un señor que nadie conoce pero que tiene vocabulario.

—¡Está ahí abajo todo desconchinflado! –el eco de su voz se magnifica dentro de aquel abismo: ADO-ADO-ADO.

Las hinchadas comienzan a reírse a carcajada limpia en el estadio. Lo mismo ocurre con los espectadores de televisión, que gozan incluso de una perfecta vista de la “fosa” gracias a la cámara de un dron. El fenómeno se convierte en viral al instante. Millones y millones de personas están atentos a sus móviles. Incluso los habituales odiadores del deporte rey siguen la “jugada”. Es como si el fútbol fuese por fin una especie de catástrofe.

Nuestro héroe permanece atrapado entre hierros, cables y placas de una estructura pesada que, según dirán después los responsables del estadio, no existe. “Es algo completamente inverosímil, una fantasía”, defenderán a pesar de las múltiples evidencias de lo contrario.

Llegan los bomberos. Uno de ellos mantiene que la fisonomía “longilínea” del jugador-que-mejor-hubiese seguido-de-suplente, complica mucho el “excarcelamiento”.

—Todo sería más fácil si hubiese caído de otro modo —resume.

—¿Está usted bien? —pregunta por fin el colegiado, acaso para demostrar que aún dirige algo.

El caído no responde, pues está absorto en los siguientes pensamientos: si el terreno no se hubiera derrumbado, él habría tocado el balón. Si lo hubiera tocado, habría marcado. Si hubiera marcado, el partido habría terminado. Por tanto, lógicamente, su equipo es campeón del mundo.

Sólo cabe esperar que la FIFA sea lógica.

Un comité de expertos certificará la victoria, está seguro. Con las gafas bien graduadas, pantallas de última generación y algo de café, terminarán por descartar cualquier tipo de orsai o falta previa. Además, nadie podía evitar el golpeo, ni cabía añadir más tiempo, pues se había consumido hasta el último segundo. El gol era (fue) imparable, piensa. ¡Im-pa-ra-ble!, grita, y su voz llega a todas partes.

 Dos bomberos se descuelgan hacia el fondo intercambiando observaciones técnicas acerca de la “maldita estructura” y de la posición del “sujeto larguirucho”. Durante horas cortan barras, aflojan tornillos, retiran fragmentos de metal y le piden a él que se gire hacia un lado, hacia el otro; que no respire tanto, o que no respire en absoluto.

En las gradas nadie espera al final del dispositivo. Las carcajadas habían ido dando paso a un resuello colectivo y un cansancio generalizado. Las televisiones también finalizan la emisión tras analizar la jugada miles de veces y lanzar infinitas teorías sobre cómo acabaría este embrollo. Un tertuliano llegó a defender que en caso de repetirse la finalíssima, habría que evitar por todos los medios que él volviese a salir del banquillo.

Una vez rescatado y sobre el terreno de juego, nuestro goleador huesudo, completamente magullado, cubierto de sangre, polvo y óxido, aún tiene fuerzas para levantar los brazos dispuesto a celebrar el tanto. Pero entonces, un operario, en su afán por felicitarle, le propina una palmada en la espalda y le devuelve al hoyo.


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