Si una vida tiene n instrucciones, cada una de ellas con una posibilidad p de que cumpla su cometido, la probabilidad de que una vida sea exitosa es de p elevado a n. Aunque esto sólo se cumple si logramos emplear una rutina que elimine la información inservible para no volver a utilizarla. Nunca deberíamos ejecutar una instrucción sin borrar primero la basura. Todos los que codificamos en Sinclair BASIC lo sabemos.
Desde mi ventana, la ciudad bajo la noche también tiene sus probabilidades de éxito. Las luces de los coches, semáforos, pantallas digitales y viejos neones responden al mismo pulso. Un gato negro se desliza entre los coches aparcados. Su andar es preciso, casi mecánico. Como buen enfermo de los 8 bits, reconozco en él ese flujo ensamblado que me arrastra sin remedio a convertirlo en código. Ahora sus pasos son subrutinas: se activan, se repiten, no tienen inicio ni fin.
LOAD “” ENTER
El casete cargaba los juegos del Spectrum. El televisor vomitaba datos bajo pitidos infernales y las barras de color bailaban en la pantalla de forma exasperante. Sin embargo, lo que hoy me ”exaspera” —gracias a la presbicia y los ojos cansados— me fascinaba entonces. Tampoco el ruido era “infernal”; lo es sólo cuando lo reproduzco en mi mente, cuarenta años más tarde y tras una larga experiencia con acúfenos.
Un hombre adulto puede estar hecho de un montón de recuerdos falsos.
BEEP
Se llega a una edad en la que uno sólo es un error de carga, un puñado de bits corruptos.
BEEP
Sin previo aviso, por ejemplo, me asalta el recuerdo del matadero. Una nave gris, demasiado cerca de las casas, con ventanucos para espiar el despiece de las vacas (sangre espesa, arrastrada por el agua de las mangueras hacia los desagües). O esos jabalíes, paseados por las calles, abiertos en canal y atados de patas sobre los capós de los Land Rovers… las cuadrillas bebiendo en los bares, con la voz rota por el alcohol y el tabaco. También recuerdo el olor de la leche hervida, la hierba recién segada, la sirena de la lonja, el ardor de los ducados en los pulmones adolescentes. Todo sigue en la memoria, operando como una subrutina en segundo plano, a la espera de activarse sin que uno lo decida. Es el código que se corrompe, como en el juego del Manic Miner cuando fallaba la rutina que revisaba si Willy —el SPRITE protagonista— estaba cayendo o no. Si había suelo programado, paraba la caída; si no, la repetía. En la línea 2100 no había suelo, y Willy caía infinitamente hasta que el Spectrum se petaba.
BEEP : BEEP : BEEP : BEEP : BEEP
Me quedo dormido en el sofá después de abandonar mis observaciones desde la ventana. En los sueños nunca hay nada inservible a pesar de que las instrucciones no son igual a n, sino a infinito (∞). En este sueño descubro a R. al fondo de la calle. Su andar es idéntico al de Willy, como si alguien lo manejara alternando las teclas P y Q. Quizá intente zafarse de mí con uno de esos JUMPING milimétricos que Willy ejecutaba al cruzarse con un robot chiflado. Pero no. No parece guardarme rencor, aunque dejamos de ser amigos hace casi veinte años. Me abraza y me lleva en volandas a una disco mítica de la edad de oro. Los adolescentes, recién salidos de los recreativos, juegan a pistoleros en primera persona: fusilan con la mirada. Nosotros, sólo unos años mayores, fumamos sin parar y bebemos dulzainas de mierda, tipo granadina con piña y Martini o Licor 43 con Cacaolat. Los puretas apuran sus cubatas: ron con cola, DYC con idem, gin-kas. Los cuerpos se fragmentan en destellos como animaciones mal renderizadas. Las chicas bailan con los ojos semicerrados, sintonizando una frecuencia hecha de perlas ensangrentadas y flores pisoteadas. Todos los SPRITES deambulan controlados por una rutina de comprobación. Hay que tener cuidado. En caso de colisión, el control del programa salta de línea y hace un RETURN volviendo los pasos en direcciones opuestas. Si la colisión es más grande puede activarse un GOTO fuera del SCREEN y habrá pelea en la calle.
R. me señala a dos tipos que están sentados como pasmarotes. Los reconozco, son los del Space Invader, las papelinas en las carátulas del videoclub, el limón para disolver el perico. Uno murió en los aseos de una estación de buses, el otro saltó desde un quinto piso. Nunca fueron entrenados ni programados, permanecían fuera del sistema operativo. No llegaron a ser consejeros ni joyeros. Ni vulcanólogos ni neumólogos. Tampoco panaderos o carpinteros. Ni siquiera artistas o flautistas. Si alguna vez quisieron serlo, enseguida llegaba la recaída para ponerles en su sitio.
BREAK
IN, OUT
Polvo húmedo formando costras en las repisas de la barra. El espejo roto, salpicado de esputos. Rodajas de naranja y limón pisoteadas. Cientos de colillas, bebida derramada y hielo derretido formando un barrizal pegajoso en el suelo. Apenas podemos movernos. R. y yo decidimos hacernos un “selfie” con ese smartphone suyo que no debería existir en la época que recrea el sueño. Buscamos la mejor foto posible, pero salimos sonriendo como idiotas. Sin sacar la lengua, sin echarle el humo al objetivo. Lo intentamos diez veces más.
GOSUB encuadrar
WAIT 2
GOSUB no sonreír
CALL flash()
RETURN
Nada. Algo falla. Seguimos sonriendo.
—Subrutinas —le digo.
R. asiente. Sabe de qué hablo.
Todo está codificado antes de empezar. Da igual cuántos caminos tenga un sueño, siempre promete vidas extra que no existen. De vuelta a casa encuentro a peña haciendo corrillos canallas y a parejas dándose el lote. Echo tanto de menos esa juventud malgastada… Subo a mi piso a trompicones, voy a meterme en la cama y entonces me despierto antes de dormirme.
Me asomo de nuevo a la ventana. La noche ya no es exactamente la misma, pero se le parece demasiado.
READ, DATA, RESTORE
