Pájaros

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Un día apareció en el campo una jaula con la puerta abierta. Nadie sabía quién la había puesto allí ni para qué, circunstancia que despertó el interés de los hombres libres. Algunos propusieron destruirla. Otros, más prudentes, señalaron que las jaulas también podían tener sus ventajas. Finalmente, un osado se coló en ella para demostrar que no había peligro alguno. Se cerró por dentro y se tragó la llave con un poco de pan. Al día siguiente la recuperó bastante menos brillante y decidió que no valía la pena repetir semejante procedimiento. Con olvidarse de que la llave seguía en el bolsillo era suficiente. Así se lo explicó a los curiosos.

Uno de ellos, dotado de un talento natural para decidir por los demás, vio en aquel encierro el comienzo de una gran empresa y propuso levantarle una estatua al okupa. La propuesta fue acogida con entusiasmo y se nombró una comisión para estudiar el asunto. Pero no hubo tiempo para tantos pormenores, pues en el campo comenzaron a brotar jaulas como setas y, aunque cada día aparecían más, nunca parecían suficientes para todos. Muchos tuvieron que resignarse a vivir a la intemperie, expuestos a los inconvenientes de ir y venir a donde les diese la gana.

Una vez instalados en sus jaulas, los hombres comenzaron a cantar, o más propiamente a trinar a pleno pulmón. Al principio lo hacían para convencerse de que estaban a gusto; después, por pura costumbre. Hubo quien se quejó de no tener alas, aunque procuró hacerlo en voz baja para no desafinar.

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