Voy a tener suerte

El mendigo/vagabundo, buscando algo que echarse a la boca, encontró un bebé en el contenedor y lo entregó a las autoridades. Pasaron los años y el bebé humano se convirtió en indigente/sin-techo/sin-hogar, y buscando algo que echarse a la boca no encontró nada, sólo un vacío interior, tal y como trató de explicar a las autoridades con el orgullo que tienen los bebés rescatados de los contenedores, ésos que llegan a creerse que nunca han sido llevados en otro cuerpo para llegar a nacer, o que nunca han sido alimentados cuando no podían alimentarse por sí mismos, que nunca han sido arropados cuando estaban muertos de frío. Ese tipo de personas nacidas de repente en cuerpos adultos y de los que sólo puede saberse con certeza que han sido «entregados» al mundo como seres completos desde el principio, con una composición genética exacta a la de los hurgadores de contenedores, replicándose y fabricándose por generación espontánea, con un extraordinario parecido físico con aquéllos que los entregan a las autoridades -incluyendo los párpados permanentemente ribeteados y la capacidad de transmitir con su rostro todo tipo de expresiones fidedignas. No hablamos de hombres ni de mujeres, sólo de cuerpos vivos que serán heredados por niños que aún no han nacido, y que al alcanzar la madurez  empujan carritos del supermercado llenos de peluches, sobras de comida, ropa sucia, mil objetos que no cumplen ninguna función…  y duermen en calllejones… y pisan la mierda de los perros sin ningún tipo de superstición añadida. 

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Voy a tener suerte – (c) – Ramón Molleda González

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