Experiencia cumbre en un montón de mierda

Una nube flota con vaguedad sobre la «montaña» y un tipo la observa desde el porche apurando el aguardiente con una nostalgia infinita. Al rato sueña que persigue a un chucho por los tejados tratando de ponerle un collar, y se aferra con uñas y dientes a las tejas sueltas mientras el perro de mierda le enseña los colmillos a la luz de la luna. Cuando por fin logra avalanzarse sobre él, se escucha una explosión abrupta, un sonido intenso que sale de la boca de un cañón y dura una o dos millonésimas de segundos hasta que desaparece. Entonces se despierta, pero la «montaña» que le flipa, con forma de pirámide negra y una nube flotando con vaguedad sobre ella, es como sus sueños de mierda. No es capaz de enfocarla ni por un segundo; hasta que se toma cuatro o cinco copas más y su espíritu resplandece, según me explicó con cierta cursilería de mierda.

La ultima vez que lo ví, la última después de la que dije que había sido la última vez que lo ví, la cuál podría resultar que tampoco fuese la última porque me gusta abusar de este recurso y dar a entender que todo se precipita y acaba de repente… esa vez, digo, me sorprendió su aseo, la manera rebuscada de hablar de las cosas con una prosa limpia y decente, y en especial la voz misteriosa con la que narraba sus aventuras de mierda como si realmente le importasen a alguien. Su ropa olía a detergente pero podría tener mil años. El traje roído de pana marrón y un abrigo con cuello gastado de terciopelo, nada tenían que ver con sus zapatos superlimpios y ese montonazo de betún perfectamente extendido hasta los cordones y los corchetes. Y yo le pregunté entonces si para mantener la cabeza erguida necesitaba que le brillasen en todo momento. No me mandó a la mierda ni nada por el estilo, continuó con anécdotas de sus escaladas, sin exagerar la parte que él había jugado en ellas. Estaba satisfecho de haber sido un puto segundón. Que fue un auténtico privilegio haber escalado con las grandes figuras de su tiempo, que volvería a nacer para volver a ser el mismo, para volver a hacer lo mismo, para acatar las mismas órdenes, asumir los mismos retos, bla, bla, bla. La última vez que lo vi, su aparente no-ambición era mayor (menor) todavía, pues lo que más le molaba era levantarse temprano para contemplar la aurora (¡Oh!) y dejar pasar las horas de los días perezosos observando cómo los cambiantes aspectos de la luz del sol iluminan cada rincón del paisaje (¡AGGGH!). Y sin falta de poner en cursiva sus tonterías (que es muy cansino), de aquí en adelante sabremos que son sus palabras por el abuso de adjetivos. Por ejemplo: qué placenteros eran esos finos encajes que a veces se dibujaban en aquella tosca y magnética montaña, sacando a la luz brillos perlados y misteriosos del fondo de sus entrañas.

En fin.

Estamos imaginando la jubilación de un viejo cazador de ochomiles que presume de no haber sido ambicioso (aunque lo que un hombre piense y diga de sí mismo no tiene ninguna importancia, dijo no sé quien). Quizás, ni-familia-ni allegados-ni-amistades-ni-nadie-con-buen-o-mal-corazón han sido capaces de encontrarle una institución adecuada a su avanzada edad y a sus excesos temerarios. O al contrario: alguien, quien sea, le regaló un nuevo lugar en el mundo, donde vive bien atendido y vigilado: un-asilo-de-ancianos-u-hospital-o-manicomio-como-los-de-antes-o-centro-penitenciario. En el primer caso vive completamente solo, y con mucha potra podría haber heredado la casa de sus ancestros (una gran mansión campesina, par example). En el segundo caso habría tenido difícil acceso al aguardiente y las paredes no serían de piedra ni estarían insonorizadas, lo que le obligaría a no poder escucharse a sí mismo, interrumpido siempre por los golpes en las paredes y las voces de la enfermedad o la locura en el cuarto de al lado. Tampoco podría decidir cómo y cuándo lavar su ropa anticuada de mierda, ni tendría una mesa señorial en la que apoyarse, ni entrarían por las ventanas los ladridos de algún perro campesino (otra vez el perro), ni podría subirse al tejado para perseguirlo ni para contemplar la aurora (nada de cursivas) sin nadie que se lo impidiera.

Así es (sería, fue).

De cualquier forma, en ninguno de estos escenarios sufre la alegría de envejecer aunque él pueda llegar a afirmarlo: Me encanta hacerme mayor con la luz clara y chispeante de mi retiro, tan viva y personal como un ser amado…. Ni puto caso. Llegaría a contener la respiración hasta palmarla, eso es lo que haría, pero por alguna extraña razón onírica o literaria nunca corre la brisa en las veinte (o cien) hectáreas de la residencia-caserón-hospital-psiquiátrico-cárcel, y dejar de respirar donde no hay aire es la hostia de complicado. Digamos que la última vez que le vi, al menos esa falta de aire impedía que el olor a mierda de las inmediaciones invadiera su territorio.

En su retiro, todos los días come de una manera frugal y trata de que el momento de masticar y tragar sea respetuoso con el silencio reinante. Con movimientos calculados evita despertar la mala hostia de sus antepasados (retratados en cuadros pretenciosos que adornan el salón de piedra). Las piezas de caza disecadas por doquier tienen los ojos carcomidos y le miran como si de verás pudiesen hacerlo, mientras que él saca brillo a la manzana con un pañuelo y la pela a la manera de un imbécil perfeccionista, dejando una larga e ininterrumpida espiral sobre el plato. Al atardecer, en el porche, mientras apura el aguardiente con una nostalgia infinita, las alucinaciones se vuelven tan nítidas como las avalanchas. Cerrando los ojos se recrea en las caras desencajadas de sus compañeros muertos tras la ventisca. Abriéndolos se descubre frente al espejo como un calco de los caretos estúpidos de su linaje pero con un toque pictórico a lo Francis Bacon (el rostro desgarrado y atormentado) y a lo Egon Schiele (escuálido, aplastado contra el lienzo-espejo como un boceto sonrojado y en carne viva). La napia igual que una berenjena, la piel acuchillada por las arrugas, sus ojos pequeños y ridículos viven a duras penas rodeados de muerte y sequedad, como dos aceitunas negras en medio del desierto (o algo parecido, no encuentro un símil mejor).

La última vez que lo vi ya no parecía disfrutar con la luz cambiante sobre el paisaje y las campanadas de alguna iglesia cercana resonaban en su mente con una jodida resonancia que le mataba lentamente (mente, mente…) ¿Por qué sus compañeros han muerto escalando, precipitándose al vacío, enterrados en vida bajo capas de hielo y él no? En el pasado llegó a sentir la tentación de arriesgar una y otra vez su vida convencido de que nada podría pasarle, y se rodeó siempre de cuantos más cadáveres mejor para creerse más inmortal si cabe.

«Pensábamos que sería cuestión de tres o cuatro días», explicó a la prensa tras aquella fatídica expedición en la que quince alpinistas, diez porteadores y nuestro amigo se habían acostado apenas a trescientos metros de la cumbre (de cuyo nombre no quiere acordarse). Ya estaban por encima de los siete mil, pero durante la noche estalló una violenta tormenta que dinamitó cualquier posibilidad de progreso. Las tiendas sucumbieron ante las terribles ráfagas de viento y a la mañana siguiente la tormenta siguió prosperando a cada hora, condenando a los hombres a otra espantosa noche de mierda en el campamento, donde aguardaban sin provisiones y sin posibilidad de ayuda. Nuestro héroe (la cursiva se lo merece) dio órdenes claras (ordenes que no le tocaba dar a él y que nadie escuchó) de descender al Campo VII, a unos inalcanzables mil quinientos metros de desnivel. El tipo que sueña con perros en los tejados creyó capitanear un repliegue que no fue más que un acto de cobardía. Al regresar a su país se le acusó con indirectas de haber emprendido la huida en el descenso y de abandonar a su suerte a todo bicho viviente, pero él se defendió de forma patética ante los periodistas: estaba totalmente desfallecido, había perdido el contacto visual con los demás y tras desencordarse de su sherpa confió en vano que el resto aparecería pronto en el campo VII.

«A medida que la montaña se iba alejando en la distancia, crecía ante mí la imagen de mis compañeros y los porteadores que dieron sus vidas en aquel combate por un colosal propósito», apostilló como un miserable.

Y ahora que está más cerca de convertirse en momia quiere (pero no puede) sentirse culpable. Le invade (pero no le atormenta) una oscura frialdad. Quizás se aprovechase de sus «amigos» para llegar más alto (puede llegar a considerar) y lamenta el hastío del que hizo gala cuando rescataba cadáveres en las montañas, o la languidez que manifestó en los funerales, con fríos ademanes y gestos, y esa observación analítica (muy suya) ante cualquier tipo de emoción de mierda. Muy lejos quedan ahora aquellas escenas míticas, brindando con champán en las cumbres junto a sus compañeros, celebrando la primera línea de oro que el sol pintaba en el horizonte, o cuando casi llegó a morirse como el resto de los mortales, tras golpearse fatalmente en los Cárpatos y permanecer colgado más de un día entero esperando su rescate.

En aquella ocasión me sentí en la obligación de visitarle en el hospital.

-¡Qué hay! -le solté. Podría haberle llamado por su nombre, o dirigirme a él como «tío», «amigo», «compañero» o «papá».

Tenía los ojos amoratados, la nariz hinchada y el rostro lacerado. Un brazo escayolado, tres dedos amputados y una pierna en cabestrillo. Era muy fácil no reconocerle y en aquel momento decidí no hacerlo. Con fingido embarazo, queriendo dar a entender que me había equivocado de habitación, le espeté sin ningún tipo de afecto de mierda:

-Perdón. No es usted la persona que yo creía.

A lo que el muy capullo contestó cortésmente, fingiendo a su vez que no me reconocía con aquella barba:

-Tranquilo, tampoco soy yo el hombre que creía ser.

Salí por la puerta sin dar ninguna explicación y no volví a verle.

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«Cada cual cae en su propia trampa, como si supiera su destino de memoria», dijo un sabio.
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Un día logró desaparecer sin llamar la atención. Con su traje recién planchado y sus zapatos resplandecientes le resultó bastante fácil. Como la puerta principal estaba entreabierta, se fuga sin más de su tedio insufrible, del hedor a orín de los cuerpos viejos y enfermos. La brisa por fin le da en la cara y se adentra en la foresta tras sortear las aldeas abandonadas que se empeñan en seguir repicando las campanas. En el bosque recobra la fuerza, llora sin afectación, incluso le brotan nuevos dedos de las manos. De vez en cuando echa un trago de una petaca que ha logrado escamotear de donde fuera. Se siente de nuevo un hombre de acción, un idiota con aliento y ánimo suficiente para seguir adelante en la vida. Come moras, se agacha para beber en los arroyos como un animal, y se adentra en una zona sombría, con algún ramal empedrado que llega hasta casas en ruinas donde a buen seguro existen viejas muñecas podridas con los ojos saltones, aperos apolillados, demonios encerrados en las paredes y santos colgando de ellas… Sus zapatos lustrosos se van cargando de barro y de un poco de mal rollo, pero finalmente se abre un claro en el bosque y obtiene una panorámica franca. Vuelve la luz clara y chispeante a golpear su «montaña» piramidal como un gong nepalí. Ya queda poco. La senda lo conduce ahora a la orilla del río Podre, donde se topa de frente con una cacería. Los sabuesos y los que sujetan sus correas tienen la misma constitución robusta; la caña nasal desciende de manera recta hacia el hocico o la punta de la nariz, en ambos casos presentan bigotes y barbas abundantes, mandíbulas de dientes fuertes que cierran en tijera. Las escopetas apuntan sus cañones hacia el suelo mientras los perros le ladran y los humanos amenazan con morderle. Una vez que se ha marchado se ríen del viejo loco a carcajada limpia -aunque esto no lo contarán en su declaración.

También dijo haberle visto pasar el narrador de esta historia, y en su humilde opinión el viejo alpinista cruzó el bosque con tal voluntad que parecía que se encaminase a un final conocido de antemano, como si todos los momentos de su vida estuviesen reunidos en ese espacio, o los acontecimientos futuros existieran antes de que apareciese y los hechos aguardarán con paciencia a que se personase en ellos.

En fin.

A medida que sigue adelante, el agua estancada tras semanas de lluvia se va tornando una miasma filtrada, y atraviesa balsas donde se macera la podredumbre. Llega un momento en el que ya no es posible dar media vuelta. Para él no tiene sentido hacerlo. ¿De qué vale volver sobre sus pasos para encontrarlos al rato volviendo sobre ellos mismos otra vez? Las aguas con líquidos lixiviados ya corren colina abajo. La «montaña» (o lo que sea) aparenta solidez, pero hay muchas cosas resquebrajadas en sus entrañas; movimientos crecientes de material putrefacto que nadie puede adivinar a simple vista pero que de alguna forma consigue que esa pocilga pueda respirar. Los camiones han vertido deshechos a todas horas, alcanzando la cumbre con maniobras arriesgadas para hacerla crecer, y desde la parte más baja del valle el camino rodado desaparece a diario. Las marcas sucumben ante la lluvia constante y los accesos se tornan siempre igual de impracticables. Un hedor mórbido lo impregna todo.

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A pesar de la constante transformación de los terrenos que pisamos, sólo vemos la mierda por lo que es o parece ser, y no por aquello en lo que se está convirtiendo -piensa el sesudo narrador.
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El viejo echa un último trago de aguardiente y aunque al principio se siente paralizado por una fuerza invisible que le petrifica y hasta le obliga a dejar de respirar, con siete dedos por mano es capaz de aferrarse a cualquier cosa y catapultarse hacia lo más alto. Cuando le quedan pocos metros para alcanzar el vértice de su pirámide particular comienza a experimentar una completa armonía consigo mismo y con la mierda que la rodea. Y ya arriba del todo, al tratar de ponerse de pie en la pica puntiaguda, experimenta un profundo bienestar y una enorme sensación de felicidad. El vejestorio se ve a sí mismo recortado por un aura multicolor en medio de una gran amplitud cósmica, pero lo que de verdad hay sobre él es un nubarrón más negro que los cojones de un grillo. Retiene el aliento con fuerza, extiende sus brazos, abre sus manos de dedos renovados para entregarse a lo que sea, y entonces, justo cuando recuerda sin sentido alguno cómo se calzaba en el pie los aros del hula hoop cuando era niño, antes de ponerlo a girar en torno suyo con un suave movimiento de cadera y devolverlo a la punta del pie donde seguía dando vueltas con el esplendor del anillo de un famoso planeta… en eso momento, digo, cae a plomo un aguacero del copón con trueno incluido.

¡BROOMMM!

Un intenso temblor le sacude. El tiempo se para y pende de un hilo. El martilleo de su corazón se confunde con la vibración de un inminente corrimiento y todo comienza a desmoronarse bajo sus pies. Una masa de millones de metros cúbicos de mierda de toda condición (mierda holísitica) le sepulta. Ya nadie encontrará su cuerpo nunca, dicta el sentido común. No haber muerto es lo mismo que nadie pueda constatarlo, aseguran los amantes de la lógica. Es por eso que las personas siguen vivas mientras no se demuestre lo contrario, aclaran los jueces. Pero los técnicos del equipo de rescate, que no están para grandes aseveraciones, tratan de explicar su desaparición con las típicas disculpas realistas: en los corrimientos de de semejante magnitud el cuerpo puede moverse hacia abajo y hacia delante, mucho o poco, nunca se sabe, y la energía mecánica del propio desprendimiento, unido a los procesos químicos dentro del montón de mierda, son las causas más probables de que el cuerpo siga sin aparecer y de que, quizás, no lo haga nunca.

Efectivamente.

Después de rastrillar trillones de metros cúbicos de deshechos no se encontrará nada. Ni los perros serán capaces de distinguir el olor a mierda del olor del cadáver; incluso si la humanidad entera quedase sepultada por un montón de mierda proporcionalmente semejante, jamás encontrarían (los perros) indicios de que algo más inteligente que ellos haya existido nunca.

El narrador, especialista en seguir el rastro del hombre en su sentido más esencialista; el mismo que día tras día ha seguido los trabajos de rescate desde una colina próxima, podrá contarles que en el momento en el que se produjo el derrumbe el viejo alpinista ya se había arrojado al vacío, o puede que hubiese salido volando, o mejor aún, que no hubo trueno sino un disparo, y que esa explosión abrupta, ese sonido intenso que sale de la boca de un cañón y dura una o dos millonésimas de segundos hasta que desaparece, podría haberle despertado otra vez.

Experiencia cumbre en un montón de mierda – (c) – Ramón Molleda González

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