De pez en cuando

Les contaré un secreto de perros. Si me lanzo al cuello de la aspiradora no es porque no sepa que es una aspiradora. Lo hago para seguir representando mi rol sin que nadie llegue a sospechar que yo pueda deducir-interpretar-comprender qué es o para qué sirve una aspiradora. A veces siento que todos estaríamos más tranquilos si nos diesen cuerda como un juguete que ladra. Así se evitarían los malentendidos e infortunios de los que habló J.L. Austin en su obra cumbre: «Cómo hacer cosas con palabras». Y no sólo me refiero a inferir lo que el alguien quiso decir a partir de lo que realmente dijo, sino a lo que quiso hacer pero realmente hizo. Mi experiencia me ha enseñado que todo el mundo está asustado aunque no sepa que lo está, y ladrando o enseñando los colmillos nos mantenemos firmes en nuestros miedos. Yo he logrado normalizar este comportamiento hasta el punto de que ya no parezca un problema. Incluso resulto normal cuando mi dueño me obliga a desgañitarme tensando la correa ante cualquiera de mi especie. Su (mi) adiestramiento es pésimo y siempre me confunden sus recompensas fuera de lugar, esas tirillas de ternera tiesas que me veo en la obligación de engullir mientras pienso seriamente qué hecho yo para merecerlo. Lo mejor en estos casos es hacer como si nada y no volverse chiflado con teorías de malentendidos.

Ahora bien, no soporto la cantinela esa de que «sólo somos animales». Como si no fuera evidente, como si el adverbio liberase a los «humanos» de esta condición. Vale, ustedes no son «sólo» animales, son «algo más». Si van a sentirse mejor, lo admito con una genuflexión: «los perros sólo somos animales». Ya está. También podría interiorizar las patrañas de los programas sobre perros: que no tenemos sentimientos, que sólo respondemos a estímulos, que no nos reconocemos en los espejos por falta de olor, que frente al televisor nos quedamos mirando en plan bobalicón sin entender nada. Vale. Pero para que lo sepan: cuando me tiendo a la larga en la alfombra cerca de la chimenea, y apoyo mi hocico bobalicón en el suelo, y mantengo mi vista fija en algún lugar, ustedes los humanos se vuelven de repente hacia nosotros (estímulo-respuesta) con esa condescendencia suya tan aborrecible, haciéndose preguntas (aparentemente) retóricas y estúpidas: «¿Qué estará pensando el perrín?» No son capaces de entender que esa postura nos facilita la reflexión y el juicio, y que esto, a su vez, nos acerca la posibilidad de ser más felices; pues la felicidad de un perro consiste en primer lugar en ese estado práctico de no contar con amenaza de ningún tipo, para luego centrarnos en la búsqueda de la medida, la sensatez y el respeto a uno mismo, mientras nos restregamos en las alfombras o nos recostamos cavilantes para ejercitar el coco.

¿Por qué se empeñan en pasearnos con correa o nos atan a los postes? No ven que esto nada tiene que ver con nuestra naturaleza roussoniana. Atados sólo abusamos de los ladridos hasta que se banalizan, pierden claridad para ser precisos, pierden profundidad, brillo semántico, parecen los mismos en todo momento, como una salmodia irritante que nos embrutece sin necesidad. Claro que somos capaces de pasear a su lado sin ir demasiado por delante o demasiado por detrás, sentarnos a esperarles, darles la patita, etcétera. Esa no es la cuestión.

Miren los peces, sin ir más lejos, con esos nombres tan dignos: Peter, Angelo, Barbarella… Nadie juega a imaginar lo que están pensando, nadie se compadece de ellos. A mí claro que me gustaría ser un pez, un pez transparente con las neuronas a la vista, mitigar esta angustia perruna, tener labios de pez y frotarlos en el cristal para aliviarme. Me quedo pasmado ante la pecera, con los mismos ojos bobalicones que me examino en el espejo. Descubro que allí dentro reina una libertad absoluta. Dan vueltas a las almenas del castillo y a la palmera multicolor, cuando quieren se esconden entre las algas artificiales lejos de los ojos de los hombres y de los míos. Es como si desapareciesen todos los motivos y no hiciesen falta explicaciones. Creo que los peces no piensan porque ya saben demasiado. Los envidio tanto que en ocasiones, cuando llego al límite de mi pena, quiero ser «ellos» con todas mis fuerzas y me transmuto (porque la vida sólo es aburrida cuando no se inventa). Entro en un estado catatónico repitiendo muchas veces mi deseo y llego a orinarme sintiendo un frío placentero. Ya estoy dentro. Es verdad que mi cuerpo no tolera del todo bien algunas mutaciones. Puedo mover las aletas pero sin pericia alguna, como es lógico. Los latidos son muy fuertes y creo que aún ladro aunque no me escucho. Lo peor es tratar de comer sus escamas de alimento. No es que no se pueda, pero al final siempre te ahogas un poco. De todas formas el cerebro me funciona perfectamente incluso sin comer. En realidad apenas siento hambre. Es muy divertido, las burbujas parecen de champán y aumenta el tiempo en el que soy consciente de que estoy dormido. Una vez fuera del agua, y mientras vuelvo a mi cuerpo de perro, sufro tos típicos desequilibrios homeostáticos. Tengo serios problemas para arrascarme porque mis extremidades no me obedecen del todo bien. Tampoco logro controlar la náuseas y voy por ahí vomitando agua por todas partes. Tengo alucinaciones con manadas de lobos que esconden huesos por todas partes para ponerlos a salvo de la rapiña y comerlos en otro momento. Un instinto de supervivencia que no tiene explicación alguna para un perro… digo pez, GLUB.

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Este relato fue seleccionado entre los diez finalistas del concurso de relatos #HistoriasdeAnimales promovido por Zenda Libros en julio de 2022. Concurso que contó con 800 participantes y cuyo propósito fue recordar la importancia de todas las especies animales con quienes compartimos el planeta.

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